En esta zona malagueña, la orografía parece olvidarse de las arrugas y violentos vericuetos que surcan la piel de casi toda la provincia y aquí tiende a alisarse, aunque no del todo, porque el pico Cruz, con sus 768 metros de altura, despunta en el paisaje a modo de recuerdo de mayores altitudes no tan alejadas de él. Pero salvo este punto, el terreno, surcado por varios cauces fluviales (arroyo de

las Pozas, de Burriana y el caudaloso río Genil), parece buscar la horizontalidad entre unas lomas suaves en las que se enseñorea el olivar, mientras que el Genil, a su paso por el pueblo, deja espacio para algunas huertas.

El monumento más representativo es la iglesia parroquial de San Juan, construida a principios del siglo XVII de mampostería y ladrillo visto. Su interior es de tres naves, bóveda sobre el crucero y camarín octogonal

 

sobre el altar mayor. En el exterior, su portada tiene un frontón abierto en su vértice, donde hay una hornacina enmarcada con arco de medio punto. La torre cuadrada se convierte en espadaña de tres cuerpos, el superior de un solo arco y rematada con frontón.

Creaciones artesanas en base a la utilización de la caña para hacer cestas, canastas y otros objetos para el hogar. También son propios y para los mismos menesteres la vareta de mimbre, y la anea para sillas.

La gastronomía es la típica de la amplia comarca antequerana en la que necesariamente hay que incluir la porra fría. Como platos propios, las gachas de mosto, las migas y el amplio recetario de pucheros y potajes. En cuanto a la repostería, las tortas de aceite y los roscos de vino y otros dulces, entre lo que cabría incluir una bebida de elaboración casera que se llama " resoli " y que es también patrimonio de algún que otro pueblo, como Alfarnate. Esta bebida está hecha de anís dulce y granos de café, con el añadido de alguna hierba aromática.

Cuevas Bajas celebra sus fiestas patronales en honor de San Juan los días 24 y 25 de junio y como en la práctica totalidad de la geografía provincial se queman los " júas " en la noche y madrugada del 23 al 24. La feria, sin carácter o advocación religiosa, tiene lugar a mediados de agosto.


 

HISTORIA:

Cuevas Bajas posee una historia muy antigua, a pesar de no disponer de datos documentales que lo abalen, pero el gran número de cuevas que posee su término, de las que le viene el nombre, hacen intuir un pasado prehistórico importante en el municipio. También existen en sus alrededores multitud de poblados de época romana muy relacionados entre sí. Puesto que poseía una gran riqueza de erreno y buena capacidad de producción agrícola, los árabes se esmeraron en esta zona introduciendo mejoras en los útiles de trabajo, en el sistema de riego, que aún se utiliza en las huertas, y en el cultivo del olivo con la consiguiente elaboración de aceite.

Con el propósito de defender sus fértiles tierras y su población, construyeron una fortaleza que subsistió hasta 1424, en que destruida por las tropas castellanas. Como muestra de agradecimiento a la ciudad de Antequera por la ayuda económica y militar


que le prestó en esta importante campaña, Juan II le hizo donación de la Dehesa y Cuevas de Belda, siendo repartidas entre los nuevos pobladores que se agruparon en dos zonas en torno a las grutas, llamando Cuevas Altas a la que estaba cerca de la Sierra, y Cuevas Bajas a las más apartadas.

La repoblación en el caso de Cuevas Bajas fue muy dura, debido a la destrucción del anterior poblado. Desde ese momento hasta el siglo XIX se continuaron un sin fin de pleitos entre los moradores de Cuevas Bajas, que deseaban poseer su propia jurisdicción y Antequera, que resistía a ello. Por fin el 7 de agosto de 1818, se firmó por el rey Fernando VII la tan anhelada real cédula de villazgo.

Hay constancia de que los primeros asentamientos humanos en este territorio se dieron en el Paleolítico, es decir, hace 40.000 años; al menos eso es lo que indican los instrumentos hallados en la Cueva de la Belda, que apuntan a una primitiva población de cazadores. De la Edad del Cobre también hay fehacientes testimonios, como una necrópolis de cuevas artificiales considerada entre las más importantes de España. Y, cómo no, los romanos también dejaron constancia de su paso por estas tierras: varias villas y los restos de una calzada que registra el itinerario de Antonino.

Un sistema de acequias para el riego en cierto modo vigente en la Huerta del Marqués, indica con toda claridad la ocupación de este municipio por los musulmanes, que también dejaron algunas norias junto al Genil. Tras la conquista cristiana, el rey Juan II cedió el pueblo a Antequera como pago a su alcaide, Pedro de Narváez, por la ayuda prestada en la conquista de la fortaleza de Belda.