Entre Sierra Blanca, Sierra Bermeja y el Parque Natural de la Sierra de las Nieves, el municipio de Igualeja concentra sin duda las líneas más características y que mejor definen geográficamente el valle del Genal, un río que, además, tiene su nacimiento junto a este pueblo, cuyo caserío no es visible desde ninguna otra localidad y que incluso se esconde a la vista del viajero hasta casi el último recodo del camino.

Antes de llegar al pueblo, el visitante habrá tenido la ocasión de comprobar que transita por un terreno enormemente accidentado y poblado de grandes masas forestales, interrumpidas tan sólo por las brechas que ha sido necesario abrir para la construcción de la carretera que bordea la Sierra de Cascajares. Y precisamente en este recorrido es desde donde se pueden contemplar las mejores vistas del valle del Genal, lo cual no es decir

 


poco si se tiene en cuenta que esta zona está considerada, dentro de la provincia de Málaga, como una de las más favorecidas por la naturaleza.

En estas tierras, la horizontalidad es casi una abstracción, una entelequia, pues todo tiende a lo oblicuo de las innumerables laderas que confluyen en el lecho del Genal con una contundencia tan sólo mermada por la frondosidad de los bosques. De hecho, la mayor parte del suelo de Igualeja sólo permite la presencia del castañar y del olivar, y en menor medida, y tan sólo junto al pueblo y en las riberas del río aparece otro tipo de vegetación y algunos huertos que domestican el paisaje.

Como otros tantos pueblo de la Serranía, situados junto al río Genal y encaramados en las faldas de los montes, las calles tienen que salvar grandes desniveles, de ahí que existan considerables diferencias de altitud entre unos barrios y otros. Las casa son de piedra, encaladas, formando una trama urbana típica de calles estrechas y tortuosas.

Merece la pena detenerse a ver la iglesia parroquial de Santa Rosa, edificada a principios del siglo XVI por orden del arzobispo de Sevilla Diego de Deza, sufriendo a lo largo de su historia numerosas reformas hasta ser reconstruida íntegramente hace unos años conservándose sólo la torre, que en su día fue alminar de una mezquita. En el interior de esta iglesia se conservan diversas esculturas que datan de los siglos XVII y XVIII.

Son de destacar los objetos de uso doméstico y para la agricultura que se realizan a base de pleita de esparto. También hay artesanía del cuero y marroquinería.

La tradición culinaria se centra en varios platos, algunos sorprendentes, como es el salmorejo por proceder éste de la provincia de Córdoba, de la que dista bastantes kilómetros. Otros platos autóctonos son las gachas y las migas en invierno, el gazpacho en verano y para todas las épocas del año el referido salmorejo, el vino local, y la repostería a base de mantecados (por Navidad) y borrachuelos.


 

HISTORIA:

Parece que la historia de Igualeja se haya ocultado entre la vegetación y esté aún por aflorar, pues se dispone de muy pocos datos para poder reconstruir su pasado. A lo sumo, los historiadores han llegado a la conclusión de que los primeros asentamientos en esta zona se produjeron durante la dominación musulmana y que, tras la conquista de la serranía por parte de los Reyes Católicos, lo que constituye el actual municipio de Igualeja perteneció a la jurisdicción de Ronda como señorío del infante Don Juan. Muerto el infante, las tierras pasaron a su viuda, y posteriormente recayeron en la Corona hasta obtener el título de municipio independiente.

Al margen de estas pinceladas históricas y sin un acontecimiento destacado a tener en cuenta, cabe suponer que la población corrió la misma suerte que las localidades más próximas.


Existe la creencia de que el nombre de Igualeja proviene del hecho de que, una vez expulsados los moriscos, los colonos cristianos se repartieran las tierras de sus anteriores ocupantes ‘por igual’.