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El municipio de Júzcar dibuja
una estrecha y larga franja de territorio que limita, al norte,
con el término municipal de Ronda y desciende hacia el sur
hasta Estepona y Benahavís. La alargada extensión
de estas tierras permite una enorme variedad paisajística,
que viene configurada por picos de gran altura (Benamahoma, El Castillejo,
Jardón y Jarastepar, este último el más elevado
de la zona con sus 1.425 metros), |
zonas de vegetación netamente mediterránea y, finalmente,
unos tupidos bosques de pinos de una inusual frondosidad.
Lo accidentado del terreno sobre el que se levanta este pueblo
le confiere unas especialísimas características
urbanas, hasta el punto de que las casas, enjalbegadas como en
el resto de la Serranía de Ronda, se apiñan unas
sobre otras para salvar grandes desniveles que también
tienen que remontarse en sus calles por medio de peldaños.
De la arquitectura popular destacan en Júzcar las chimeneas
que sobresalen en los caballetes de los tejados irregulares.
El edificio más destacado es la iglesia parroquial de
Santa Catalina, obra del siglo XVI que a lo largo de su historia
ha experimentado transformaciones y diversas reformas.
El municipio ofrece al visitante lugares de interés como
el castañar del Genal y la cueva de Calderón.
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HISTORIA:
Aunque el origen histórico de esta villa es muy confuso,
está claro que su fundación es anterior a los árabes,
y hay quien relaciona ese origen con la minería en la época
romana. Sea como fuere, la localidad cayó en manos de las
tropas cristianas en 1485. A partir de esa fecha los moriscos
estuvieron sujetos a normas muy estrictas y, como es bien sabido,
acabaron sublevándose en 1570, hecho que motivó
su expulsión en 1609.
Por esas fechas entró en escena un singular personaje,
el Tajarillo, una especie de anticipo del bandido del XIX, que
se negó a ser expulsado, huyó a la sierra y no cesó
mientras pudo de perpetrar actos de bandidaje. De él sólo
queda su leyenda y un lugar llamado ‘Paso de Tarajillo’,
cercano a una cabaña donde se dice que murió por
accidente.
Por su ubicación en el Alto Genal y por su dificultosa
comunicación con el exterior, no
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parece muy lógico que Júzcar se abriera a la industrialización
antes que muchas otras ciudades españolas. Pero así
fue, y en 1726 se empezó a construir la primera fábrica
de hojalata de España, que entró en funcionamiento
en 1731 nada menos que con 200 obreros en plantilla. La fábrica
quedó inaugurada con el ampuloso nombre de “La nunca
vista en España Real Fábrica de Hojalata y sus adherentes,
reinando los siempre invictos monarcas y Católicos Reyes
don Felipe V y doña Isabel de Farnesio”.
Está documentado que, como entonces no se conocía
en España el procedimiento para la elaboración de
la hojalata, llegaron al pueblo, procedentes de Alemania, unos
30 técnicos al mando de dos ingenieros suizos, Pedro Mentón
y Emérito Dupasquier. Se dice –esto es conveniente
incluirlo más bien en un anecdotario- que esos ingenieros
tuvieron que salir de su país de manera clandestina, metidos
en unos barriles, al tener prohibida la salida al extranjero para
evitar la competencia. Parece ser que la fábrica dejó
de funcionar durante la guerra de la independencia, y en el Archivo
General de Simancas se conserva un trozo de la primera pieza de
hojalata que se fabricó.
De la prosperidad de Júzcar en el siglo XVIII da fe el
hecho de que en 1752 había en el municipio ocho piedras
de molino funcionando –continuaron haciéndolo hasta
1841- y dos tenerías de pieles. No es extraño, por
tanto, que en este territorio haya restos de seis pueblos más,
de cuyo despoblamiento no hay noticias fidedignas, pero sí
consta que Faraján fue un anexo de Júzcar hasta
1873.
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