El pequeño término municipal de Macharaviaya presenta las características paisajísticas propias de la comarca a la que pertenece, pero sin destacados contrastes orográficos, toda vez que el terreno se resuelve en una sucesión de lomas de similares alturas donde, a falta de las antiguas viñas que desaparecieron con la filoxera, abunda el pastizal, que ocasionalmente se entremezcla con los olivos.

En este entorno de amables trazos geográficos, pero en el que tampoco faltan barranqueras y cajoneras, destacan el núcleo urbano del pueblo y, a escasos tres kilómetros de distancia, su anejo de Benaque, más pequeño aún que Macharaviaya pero con el común encanto de ese aire antañón y quieto, ajeno a las prisas y al bullicio.

Además de un recorrido por el bonito pueblo de calles escalonadas, Macharaviaya tiene a la

 


entrada del pueblo un templete de ladrillo formado por dos cuerpos cuadrangulares, el segundo abierto con arcos de medio punto entre pilastras, erigido a finales del siglo XVII en memoria de la familia Gálvez y sus donaciones, según figura en una inscripción. Pero el edificio más destacado es la iglesia de San Jacinto, levantada en el siglo XVIII sobre el solar que ocupó otra anterior iglesia, obra de principios del siglo XVI construida por orden del arzobispo de Sevilla Diego de Deza. Es de planta de cruz latina y tiene una sola nave cubierta con bóveda de medio cañón y cúpula sobre pechinas en el crucero. En el exterior, el arco de acceso se abre entre pares de columnas corintias que sostienen un frontón partido y sobre éste un escudo real de forma ovalada. Junto a la iglesia está el cementerio, desde donde se entra a la cripta, que ocupa todo el subsuelo del templo y donde están enterrados algunos de los miembros de la familia Gálvez, representados por varias esculturas orantes.

A dos kilómetros de Macharaviaya está situado el anejo de Benaque, que cuenta con una iglesia mudéjar del siglo XVI, con un torre de planta cuadrangular, cuyo último cuerpo de campanas tiene arcos de medio punto. Esta torre fue el alminar de una antigua mezquita.

Este pueblo se ha convertido con el paso de los años en refugio de varios y destacados artistas y artesanos especializadas en bordados y calados, cerámica decorativa, etc.

La gastronomía local es prácticamente igual que en la comarca natural. No obstante, tiene platos como la sopa de ajo, la de cocido, el gazpacho, el ajoblanco, el gazpachuelo, la sopa de maimones, la de tomate, etc. La repostería casera está representada por los pestiños, que se comen todo el año.


 

HISTORIA:

A partir de una antigua alquería árabe, Macharaviaya fue fundada como villa en 1572, y de esa alquería tomó el nombre de ‘Machar Ibn Yahha’ (cortijo del hijo de Yahha), que en la actualidad conserva prácticamente la misma fonética. La expulsión morisca trajo como consecuencia el despoblamiento de la villa, y parece ser que no hubo en ella una repoblación en toda regla como en tantos otros pueblos de la zona.

La prolongada decadencia que vivió Macharaviaya en todos los órdenes –sobre todo en el poblacional- durante mucho tiempo, dio un inesperado vuelco con la aparición en la pequeña localidad de la familia Gálvez, que le dio un sorprendente impulso económico en el siglo XVIII.


Durante toda esa centuria y parte de la siguiente la villa gozó de una inusitada prosperidad económica, a la vez que era visitada por los personajes más influyentes de Málaga, que se acercaban hasta Macharaviaya para estrechar lazos con los Gálvez.

Durante esa época se levantó una nueva iglesia sobre la que había anteriormente, fue creada la Real Fábrica de Naipes, un Banco Agrícola y se inició la conducción de agua potable. El despegue económico –a expensas de los Gálvez- fue tal que el pueblo empezó a ser conocido también como ‘el pequeño Madrid’, sobrenombre sin duda excesivo pero que confirma la bonanza económica de aquella época.

Con la aparición de la plaga de la filoxera llegó la decadencia, como en casi toda la Axarquía, de la que el pueblo empezó a salir hace algunas décadas al haberse convertido en refugio de numerosos artistas que lo eligieron como residencia, sin duda para poder entregarse a la tarea creativa con entera tranquilidad. También ha aparecido un turismo residencial estable, que ha contribuido en gran medida a recuperar muchas de las antiguas viviendas que se encontraban desuso y medio derrumbadas.