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El municipio mijeño abarca
las tierras comprendidas entre la sierra que le da nombre al pueblo
y el mar, por lo que la orografía resuelve, a veces de manera
algo brusca, la corta distancia que media entre el pico más
alto del territorio (1.130 metros) y la cota cero del litoral. Barrancos,
cerros y lomas más o menos suaves conservan aún parte
de la vegetación autóctona, a pesar de que el espectacular
desarrollo urbanístico de la zona dificulta cada vez más
el mantenimiento de |
pastizales y olivares, de escaso rendimiento económico
en los tiempos que corren.
Aun así, la poderosa configuración del paisaje
y un cierto respeto por el entorno, han impedido que los campos
de golf, el ladrillo y el cemento oculten la belleza natural de
este municipio, en el que la sierra y el propio pueblo siguen
siendo sus principales puntos de referencia. La zona costera,
en cambio, salvo
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algunos roquedales que permanecen intactos, está
prácticamente urbanizada entre los límites de Fuengirola
y Marbella.
Este municipio, como otros de la provincia de Málaga,
cuenta con tres núcleos urbanos, en este caso los de Mijas
Pueblo, Las Lagunas y la Cala de Mijas. El primero de ellos es el
clásico pueblo andaluz encalado de origen morisco que alberga
los monumentos y el centro administrativo; en Las Lagunas confluyen
la mayoría de los servicios municipales y una parte de las
urbanizaciones, mientras que la Cala de Mijas, en plena zona litoral,
está plenamente dedicada al turismo de sol y playa y residencial. |
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HISTORIA:
Hay datos que confirman la pertenencia de Mijas a la Turdetania,
mientras que otros vestigios atestiguan la presencia de fenicios
y griegos, los cuales se encargaron de aprovechar la riqueza minera
de la zona, si bien la primera referencia histórica del
pueblo parte de Ptolomeo, geógrafo de la Escuela de Alejandría,
que debió de andar por estas tierras en el siglo II d.C.
o recoger los datos de alguien que las conocía muy bien,
a tenor de la exactitud con la que describe algunos lugares.
En la época romana la localidad fue llamada Tamisa, y
todo hace suponer que debió generar una notable actividad
económica dada la proximidad de la Vía Apia, que
unía las ciudades de Cádiz y Málaga. Los
árabes la denominaron Mixa, y los cristianos derivaron
esta nomenclatura a la voz actual de Mijas.
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Los musulmanes se hicieron con la villa muy poco tiempo después
de su desembarco en la Península Ibérica, pues en
el 714 ya la gobernaban, y de una manera muy provechosa, puesto
que permitieron a sus habitantes seguir poseyendo sus bienes,
su religión y sus costumbres a cambio de la entrega de
un tanto por ciento de la producción agrícola y
ganadera.
El buen entendimiento entre los musulmanes y los mozárabes
quedó patente en tiempos del caudillo Omar Ben Hafsún,
con el que mantuvieron cordiales e interesadas relaciones, ya
que se necesitaban mutuamente. Muerto Omar Ben Hafsún,
Abderramán III reconquistó la zona.
Mijas resistió los ataques del ejército cristiano
hasta la conquista de Málaga (1487). Enterrados de la caída
de esta ciudad, los habitantes de Mijas creyeron que una rendición
incondicional sería lo más ventajoso. Los emisarios
enviados a Málaga a pactar la rendición fueron hechos
prisioneros y algunos vendidos como esclavos. En 1494 tuvo lugar
la repartición, entre cristianos viejos, de las tierras
del municipio. La localidad obtuvo el título de villa en
1521 como premio a su fidelidad a Carlos I durante la rebelión
de los comuneros, y, además, Juana la Loca también
la declaró exenta del pago de tributos por compra-venta
(alcabalas).
Siglos más tarde, Mijas fue escenario de un relevante
hecho histórico ocurrido el 2 de diciembre de 1831. En
la playa de El Charcón desembarcó el general Torrijos
con 52 compañeros. Atravesaron el término municipal
mijeño en dirección a la sierra, desde donde bajaron
a Alhaurín de la Torre para refugiarse en un caserón
propiedad del conde de Mollina. Días más tarde (11
de diciembre), el general y sus hombres fueron fusilados en las
playas de San Andrés de la capital malagueña por
enfrentarse al absolutismo de Fernando VII.
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