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Buena parte del extenso territorio
antequerano puede considerarse como el reverso del resto de la provincia
de Málaga, y así, el paisaje, exhausto de las brusquedades
de las grandes alturas y las profundas hondonadas que generan las
interminables cadenas montañosas, da la impresión
de tomarse un respiro y, sorprendentemente, allanarse en estas tierras,
que presentan la orografía menos accidentada de toda la provincia
malagueña. |
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Y sobre esta llanura
se extiende el municipio de Mollina, cuyo único desnivel
apreciable lo constituye la sierra del mismo nombre, de tan modesta
altitud que pasaría desapercibida en la mayoría de
los pueblos de Málaga. Los de Mollina son, por lo tanto,
terrenos apropiados para los campos de olivos y cereales, y desde
hace unas décadas, para las viñas, de la que se extraen
unos caldos de reconocida calidad –han conseguido la denominación
de origen- y |
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que han venido a impulsar fuertemente la economía de esta
zona.
Quedan restos del castillo de origen árabe, situado a
varios kilómetros del casco urbano, al pie de la sierra
de La Camorra. Son de interés la iglesia de Nuestra Señora
de la Oliva, de finales del siglo XVII, y el convento de la Ascensión,
del siglo XVIII, con una entrada principal de estilo barroco y
un patio interior con capilla espadaña. El pueblo es de
calles rectas y largas, con típicas casas encaladas y con
rejas en las ventanas.
En el municipio existen bastantes lugares de interés
arqueológico que se han citado en la parte de historia y
otros más que sobresalen por ser parajes pintorescos, de
interés espeleológico o turístico. Así,
para la espeleología están las cuevas de Almirez,
de la Higuera, de la Rosa Chica y de los Órganos.
No existe una artesanía propia del lugar,
aunque los vinos de la zona en sus diversas clases son una buena
excusa para detenerse.
Los platos más frecuentes son la olla, que
aquí consiste básicamente en un cocido de garbanzos,
y las formas locales de preparar el gazpacho y la porra. Otros platos
son las gachas de mosto, las migas, el pimentón, que es el
gazpacho sin batir, y en cuanto a los postres son muy propias la
meloja, que consiste en melón cocido con mosto, la jalea
de membrillo y los pestiños. |
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HISTORIA:
Los primeros pobladores de lo que hoy es el término municipal
de Mollina se asentaron en este lugar en el Neolítico,
en unas cuevas situadas en la Sierra de la Camorra, a sólo
unos seis kilómetros del actual casco urbano. Así
lo atestiguan restos cerámicos y algunas pinturas rupestres
esquemáticas. No hay vestigios posteriores a esta época
hasta la llegada de los romanos, que en esta zona dejaron una
generosa muestra de su cultura.
Los orígenes del actual conjunto urbano datan del siglo
XVI, cuando el Cabildo de Antequera reparte en el año 1575
las tierras del llamado Cortijo de la Ciudad, cuyo trazado urbano,
reformado en el siglo XVII, aún puede observarse en la
plaza de la Constitución. La villa se desarrolla económica
y demográficamente a un ritmo tal que en menos de una centuria
Mollina se convierte en la zona con mayor número de olivos
de toda la comarca antequerana, hasta el punto de que
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durante un tiempo a este territorio se le denominó Pago
de las Olivas, e incluso la iglesia parroquial, entonces de San
Cayetano, cambió el nombre por el de Nuestra Señora
de la Oliva.
El los primeros años del siglo XIX la localidad se independiza
de Antequera, cuando precisamente la situación económica
no era la más idónea para constituir un ayuntamiento
propio y cuando la cuestión social pasaba por unos momentos
de agitación, generados por la gran participación
habitantes de Mollina en la sociedad secreta llamada de los Garibaldinos.
Parece ser que los sucesos conocidos como Revolución de
Loja (1861) tuvieron su germen en Mollina, donde hubo algunos
muertos y heridos.
A partir de la segunda mitad del siglo XX, Mollina, como tantos
pueblos del interior de la provincia, sufre las consecuencias
de la emigración, y de los poco más de 5.000 habitantes
censados en 1956 pasa a 2.800 dos décadas más tarde.
Afortunadamente, el movimiento asociativo tomó un sorprendente
auge en los años posteriores, de tal modo que la zona,
en poco tiempo, pasó de olivarera a vitivinícola,
y hoy produce el 80 por ciento de los vinos de Denominación
de Origen ‘Málaga’.
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