El municipio de Montejaque extiende sus tierras entre el valle del Guadiaro y la Sierra de Líbar, y parte de su territorio se adentra en el Parque Natural de Grazalema Dada su situación fronteriza entre estos parajes, el término municipal de Montejaque goza de una riqueza paisajística de elevadísimo interés, potenciada además por un accidentado relieve en el que destacan el Peñón de Mures (865 metros), el Cerro Tavizna (899 metros) y el Hacho (1.065 metros).

Sorprende comprobar cómo a sólo dos kilómetros del pueblo, entre las formaciones rocosas de las sierras de Montalate y Juan Diego, el terreno se abre inesperadamente y aparecen unos extensos prados donde pasta el ganado vacuno, una zona que contrasta radicalmente con cualquier otro lugar del municipio, donde la orografía está determinada por fuertes desniveles.

El núcleo urbano, al abrigo de unas

 


imponentes rocas, tiene dos zonas bien diferenciadas; la parte baja, de trazado rectilíneo, y la alta, de origen árabe y por lo tanto con calles serpenteantes y empinadas. El nombre de la localidad, también de origen árabe, suele traducirse como ‘montaña perdida’. No hay documentación sobre la existencia de algún asentamiento anterior a la llegada de los árabes, y parece ser que éstos construyeron un castillo desde el que se dominaba parte de la Serranía. A partir de la conquista cristiana y de la entrega de Montejaque y Benaoján al conde de Benavente, ambas poblaciones dejaron de ser consideradas arrabales de Ronda.

El casco antiguo de Montejaque, lleno de casas blancas y lugares pintorescos, sube hasta el barrio alto que se caracteriza por su laberinto de calles estrechas, típicas de la época musulmana. En el barrio bajo, formado por calles paralelas y simétricas, se encuentra la Iglesia parroquial de Santiago, de estilo gótico tardío fundada a principios del siglo XVI. Fue reformada en el siglo XVIII y en su interior puede verse, sobre el presbiterio, una bóveda de terceletes así como una interesante decoración pictórica en la capilla barroca de la nave del Evangelio. La torre del templo, que ha sido reformada por completo, presenta un último cuerpo octogonal.

La artesanía del lugar ofrece principalmente artículos de piel.

Lo más característico es le guiso de patas- con un trozo de cada parte del cerdo-, junto con la torta de chicharrones y los molletes hechos a mano. También se cocina el puchero con garbanzos, calabaza, chícharos, alcachofas, tocino, morcilla y carne de chivo. Hay vino mosto y un mistela.


 

HISTORIA:

Durante la sublevación morisca, Montejaque fue escenario de un hecho poco usual, como fue el caso de que su alcalde, el morisco Mamad Idriz, sufrió más de un atentado por colaborar abiertamente con los cristianos. No le salió mal esta jugada porque, a la postre, expulsada la población morisca, fue recompensado con tierras e incluso con una pensión vitalicia.

Las crónicas recogen que a principios del siglo XIX, en plena Guerra de la Independencia, José de Aguilar, un afamado guerrillero, se enfrentó a las tropas napoleónicas en el puente del río Gaduares el 20 de octubre de 1810. José Aguilar mandaba una tropa de unos 250 hombres procedentes de varios pueblos más o menos cercanos (Benaoján, Atajate, Montejaque, Cortes y Jimera de Líbar), que derrotaron a 600 soldados y 90 jinetes franceses.


Montejaque, cuyo nombre, Monte-Xaquez significa "montaña perdida", es de origen árabe como lo demuestran sus intrincadas callejuelas.

Antiguamente parece que existió una alcazaba medieval, con sus minaretes, desde donde se divisaba gran parte de la serranía, y que desapreció completamente quedando, hoy en día sólo su nombre en la Finca del Castillo.

Al viajero, no se le puede escapar una visita a la iglesia de Santiago el Mayor, construida a principios del s. XVI y reformada durante el s. XVIII. Su principal estilo es gótico tardío, del que se conserva la bóveda de terceletes, que cubre el presbiterio.

Perderse por las estrechas calles que componen esta población, típicamente andaluza, es un verdadero placer, conservando la vitalidad de un pueblo moderno, pero con unas profundas raíces que nos hacen viajar a épocas pasadas. Mezclarse con sus tranquilos pobladores y conocer típicas historias es algo que nadie debiera perderse.