El término municipal de Ronda es una auténtica fortaleza guardada por sierras que apenas si dejan entradas y las que existen para el tráfico rodado, se sitúan por encima de los 1.000 metros de altitud. (Puerto de Viento, 1.190 m. en la carretera de El Burgo; Puerto de las Navas, 1.100 m. en la carretera de San Pedro de Alcántara y Puerto de Encinas Borrachas, 1.005 m. en la carretera de Algeciras).

Estas auténticas murallas naturales rodean la depresión de Ronda con horizontes en los que la grandiosidad de los roquedales (que desde el Oreganal a Los Merinos y desde Líbar a Las Nieves, son los señores de la sierra) aportan una singular belleza al paisaje. En el interior de este círculo montañoso el territorio es muy diferente. La suavidad del relieve se extiende desde la meseta urbana de Ronda hasta las navetas adehesadas del norte,

 


pasando por el fondo del valle hortícola y cerealista, que desde la Indiana sube por el Guadalcobacín hasta las tierras del vecino Arriate. Y más allá de la depresión propiamente dicha, el relieve sigue siendo suave por los campos cerealistas de Montecorto y Villalones.

Cuando un poeta de la talla de Rainer Maria Rilke, de palabra tan exacta, la definió como “la ciudad soñada”, sus razones tenía, y seguramente tras visitarla, el viajero corroborará las palabras del poeta, tanto más cuanto más alejado esté de Ronda y la recuerde como un sueño en lugar de como algo que ha podido palpar.

El visitante que emprenda por primera vez el camino hacia esta ciudad, se acercará a ella con la postal fija de alguno de sus monumentos, de su paisaje o de algún rincón típico de tantos como Ronda ofrece, y nada de eso le valdrá de referencia o apenas le será reconocible porque la realidad con la que se va a encontrar es muy otra. Ronda pertenece a ese escogido número de ciudades sólo comparables a sí mismas, sin posibilidad de réplica o semejanza con otras, algo que el viajero podrá comprobar en cuanto se adentre en el casco histórico y vea cómo ante sus ojos se abren una arquitectura y un paisaje deslumbrantes, impregnados, además, de una densa carga de historia y leyenda que desdibuja el límite entre la realidad y la fantasía pero que afirma rotundamente la singularidad de Ronda.

La ciudad se sitúa en una meseta a unos 750 metros sobre el nivel del mar y aparece dividida en dos zonas por el famoso Tajo de Ronda, una garganta de 100 metros de profundidad y unos 500 metros de largo por cuyo fondo discurre el río Guadalevín. En su parte occidental, esta meseta forma un acantilado similar al que configura el propio Tajo, y a partir de esta zona se abre un extenso paisaje de campiñas que se extienden hasta las montañas que integran la serranía que da nombre a la comarca.


 

HISTORIA:

Las pinturas de la Cueva de la Pileta (Benaoján) atestiguan que el entorno rondeño estuvo habitado al menos desde el Paleolítico, y restos hallados en algunas excavaciones realizadas en el casco urbano de Ronda señalan que en el lugar hubo asentamientos humanos en el Neolítico. Pero es el historiador Plinio el que enmarca a Ronda en la historia cuando en uno de sus escritos se refiere a la Arunda del siglo VI a.C., en la que habitaban los celtas bástulos, mientras que señala a los íberos como fundadores de la cercana Acinipo.

Después fueron los fenicios, los griegos, los cartagineses y los romanos los pueblos que se establecieron sucesivamente y en períodos de distinta duración en esta zona. Los romanos la denominaron Laurus y levantaron el hoy desaparecido Castillo del Laurel, desde donde vigilaban a las belicosas tribus celtíberas.


Pero fue Acinipo y no Ronda el municipio que en aquella época tuvo una mayor importancia, como lo demuestra el hecho de que llegó a acuñar moneda.

Tras la desintegración del Imperio Romano, Ronda y Acinipo sufrieron las invasiones germánicas, y este último núcleo urbano estuvo ocupado incluso por los bizantinos, que lo abandonaron definitivamente en el siglo VII, cuando en Ronda entran los visigodos. Con la llegada de los árabes, la ciudad, que pasaría a llamarse Izna Rand Onda, empieza a adquirir cierto protagonismo político y económico.

A finales del siglo IX y principios del X, toda la serranía y especialmente su capital vive con intensidad la insurgencia que Omar Ben Hafsun dirigía desde Bobastro (Ardales) contra el califato cordobés. Posteriormente, hacia la primera mitad del siglo XI, los bereberes, caído el califato de Córdoba, hacen de Ronda un reino de taifas bajo el cual la villa conocería un gran desarrollo urbanístico.

La ciudad pierde su independencia en 1066, cuando pasa a depender del reino de Sevilla. A partir de esta fecha y durante casi 400 años, Ronda estará dominada por distintas tribus del norte de Africa y finalmente por los nazaríes de Granada. En tan dilatado espacio de tiempo Ronda conoció períodos de expansión y prosperidad, estancamiento e incluso regresión. Las tropas cristianas entran en la ciudad en 1485.

La convivencia entre musulmanes y cristianos no dura demasiado tiempo y estalla la rebelión morisca, que en la serranía fue particularmente belicosa, hasta la expulsión de todos los moriscos en 1609. Como cualquier otro pueblo malagueño, en Ronda sobreviene una época de decadencia que durará aproximadamente hasta el siglo XVIII, cuando la ciudad se abre al barrio del Mercadillo con la construcción del Puente Nuevo y su famosa Plaza de Toros.

Las tropas francesas, encabezadas por el propio José Bonaparte, entran en Ronda en 1810 y este hecho genera un inusitado movimiento guerrillero en toda la serranía, movimiento que permaneció vivo incluso después de que el ejército napoleónico abandonara la ciudad en 1812, si bien derivó en las partidas de bandoleros –las más famosas de toda la España del XIX- de las que tantas leyendas e historias han surgido.

Con la inauguración del ferrocarril en 1891 y la construcción de algunas carreteras, Ronda se incorpora al siglo XX con un notable desarrollo socioeconómico. Esta ciudad fue elegida en 1918 para la celebración del Congreso Andaluz, a instancias del malagueño Blas Infante, considerado padre de la patria andaluza. En esa reunión se adoptaron la bandera y el escudo de la Comunidad Autónoma de Andalucía.