|
|
 |
|
El pequeño municipio de
Salares, entroncado en la formidable mole de la Sierra de Almijara,
extiende sus tierras a lo largo de una estrecha franja que linda
con la provincia de Granada, al norte, y se introduce, al sur, casi
en el corazón de la Axarquía. Si se tiene en cuenta
que este exiguo territorio presenta una altura de 1.658 metros en
el Cerro del Puerto, y que sólo siete kilómetros al
sur la cota de altitud desciende hasta los 480 metros, el visitante
podrá darse una idea de lo accidentado y |
abrupto del terreno que ocupa este término municipal.
La desnudez de las rocas que coronan las cimas más altas
acentúa aún más el verdor que hay en los
alrededores del núcleo urbano, cerca del cual discurren
los cauces del Salares y el Sedella, que recogen las aguas de
la sierra y humedecen algunas zonas de gran aprovechamiento agrícola,
y donde el agua escasea aparece la vid como cultivo predominante.
|
|
 |
Al margen de los espléndidos paisajes
montañosos que lo rodean y de la belleza del pueblo como
conjunto urbano de estructura árabe, lo más interesante
es la iglesia local, sobre todo por su alminar de estilo mudéjar
-resto de la antigua mezquita- que ha sido declarado Monumento Histórico-Artístico
Nacional en el año 1979.
El cuerpo de la torre está adornado por
ladrillos entrecruzados que configuran un mapa de rombos muy vistoso
para el visitante. En la parte superior, se presenta un segundo
cuerpo, agregado posteriormente, en forma de campanario.
Como otros puntos de interés hay que visitar
los hornos de los moros, el puente árabe y la ya mencionada
Sierra de Almijara.
Lo más destacado es el vino del terreno,
que se obtiene de forma artesanal, pisando la uva en algunos lagares
de la zona. También existe una fábrica de aceite.
No hay una gastronomía específica
del pueblo fuera de la propia de la comarca axárquica, aunque
sí es aconsejable probar el vino artesanal ya mencionado.
De todas formas, hay que saborear sus guisos con hinojos y roscos
de vino. |
 |
|
HISTORIA:
Las características geográficas del alfoz de Salares
–abundancia de agua, buena temperatura y excelentes refugios
en caso de algún ataque imprevisto- llamaron la atención
de fenicios, griegos, cartagineses y, por supuesto, romanos, quienes
acuñaron el primer nombre de la villa: Salaria Bastitanorum,
en referencia a un yacimiento de sal que al parecer había
en esta zona.
Pero salvo un puente, que aún se conserva, el paso de
los romanos por Salares queda difuminado ante la impronta árabe,
que sí dejó importantes huellas, como la propia
configuración del pueblo y una fortaleza de la que aún
queda en pie un torreón, a cuyo amparo fue perfilándose
la villa.
Al igual que en otros tantos pueblos de la Axarquía, tras
la toma de Vélez Málaga en 1487, los representantes
musulmanes de Salares fueron a la capital de la comarca a
|
presentar sumisión a los vencedores, hecho que tuvo lugar
sólo dos días después de la toma de Vélez,
es decir, el 29 de abril de 1487.
Las tierras de Salares, junto con las de otros pueblos colindantes
(entre ellos Benescalera, del que hoy no queda ni rastro), fueron
cedidas en Señorío a don Pedro Enríquez,
Adelantado Mayor de Andalucía, y a la muerte de éste
pasaron a manos de su viuda.
Las vejaciones a las que durante años fueron sometidos
los moriscos por parte de los cristianos sembraron un descontento
generalizado que desembocó en abierta rebelión en
1569. La sublevación morisca en la Axarquía, alimentada
por el cabecilla Martín Alguacil, se inició en las
localidades de Sedella, Canillas y Salares y tuvo su fin en la
famosa batalla del Peñón de Frigiliana. Cuando en
1571 se produce la expulsión de los moriscos, entre éstos,
según las crónicas, había 92 de Salares.
En 1572, entre Salares y la desaparecida Banescalera sumaban
una población de unas 550 personas y había en explotación
un molino de pan, uno de aceite, dos almadrabas, 20 eras, ocho
caleras y diez colmenares, y parece ser que buena parte de los
vecinos se dedicaba a la elaboración de la seda, que en
aquella época era uno de los productos más en boga.
El terremoto de 1884, que con tanta virulencia sacudió
toda la Axarquía, no causó víctimas mortales
pero sí innumerables daños materiales. El comisario
regio encargado de valorar los daños destinó unas
30.000 pesetas para ayudar a los habitantes a reconstruir sus
viviendas y reponer enseres.
|
|
|