donde asimismo se encontraron vasijas de arcilla, puntas de hachas,
collares, brazaletes y anillos. También han aparecido restos
del Neolítico (5.000 años a.C.) correspondientes
a un pueblo mesopotámico (según el historiador Juan
Temboury) que se asentó en este lugar, donde encontró
un excelente clima, abundancia de agua, caza y pesca y albergues
naturales.
Durante la dominación romana Torremolinos estuvo perfectamente
comunicado con Málaga y Cádiz mediante la calzada
que fue construida para unir estas dos ciudades. Debido a esa
buena comunicación, en el municipio fueron instaladas tres
factorías de salazones (sobre todo para la producción
del famoso garum, una especie de salsa derivada del pescado que
era imprescindible en la gastronomía romana), si bien sólo
se conservan escasos restos de una de ellas en los terrenos del
antiguo Campamento Benítez, y de la época romana
es también una pequeña necrópolis que afloró
durante la realización de unas obras en la plaza Cantabria.
Los árabes, con su sempiterno culto al agua, no dudaron
en aprovechar el caudal que nacía en la zona de Los Manantiales
y llegaba hasta la playa, y así, a lo largo del recorrido
de este caudal construyeron numerosos molinos. En torno a 1.300,
en plena época nazarí, se inicia la construcción
de una torre defensiva al final de la actual calle San Miguel,
para evitar en lo posible las invasiones por mar. En alusión
a esta torre y a los molinos se configuró el nombre de
la ciudad.
Poco después de la toma de Málaga, los Reyes Católicos
le concedieron a esta capital la propiedad de los manantiales
de Torremolinos, decisión que años más tarde
(1511) fue corroborada por Juana la Loca. Así, bastantes
años más adelante, los molinos construidos por los
árabes fueron quedando sin función alguna por falta
de caudal.