Las tierras del Valle de Abdalajís están casi totalmente rodeadas por el extenso municipio de Antequera, y sólo una pequeña parte de ellas –en realidad un estrecho corredor- se abre al Valle del Guadalhorce. La sierra, que toma el nombre del pueblo, se erige, imponente, detrás del caserío de la villa, que queda resguardado por una formidable pared caliza, mientras que en el lado opuesto el paisaje se torna mucho más amable y queda resuelto en suaves lomas en las que abundan el olivar y el cereal.

Por este territorio discurre el arroyo de las Piedras, entre fértiles huertas que anuncian la proximidad del Valle del Guadalhorce.

La parte alta del pueblo es la más antigua y allí se mantiene el típico trazado urbano árabe. En la calle Real existe una posada -hoy restaurada- que se considera una de las primeras edificaciones de la villa y en la cual se puede comprobar la arquitectura típica del municipio.

 


En sus inmediaciones el viajero puede comprobar la estructura solariega del siglo XVI tomando como muestra al Palacio de los Condes de Corbo, el cual se encuentra en un buen estado de conservación.

Es interesante también la iglesia parroquial, terminada en 1559 pero que fue reformada en el siglo XVIII. De sencilla portada presenta una torre de tres cuerpos cerrada con un tejado de cuatro caras.

Es interesante subir a la ermita del Santo Cristo, ya que está situada en la ladera de El Picacho desde el que se puede disfrutar de unas excepcionales vistas.

Como arquitectura típica existe la casamata de una o de dos plantas y en algunas casas se conservan un patio y un corral de aves, así como cuadras para las caballerías y otros animales domésticos.

Aunque no hagamos referencia al Patrimonio Artístico, hemos de destacar la Sierra del Valle de Abdalajís como un punto ideal para la práctica del Parapente, disponiéndose de toda la infraestructura básica para la práctica de este deporte.


 

HISTORIA:

La situación geográfica de este municipio, a caballo entre el Valle del Guadalhorce -la vía natural por la que muchas zonas del interior se comunican con el mar y con la propia capital de la provincia- y la depresión de Antequera -imprescindible nudo de comunicaciones entre la Baja y Alta Andalucía-, ha convertido al Valle de Abdalajís en un paso preferente desde que el hombre empezó a deambular por estas tierras, y así, son muy numerosos los vestigios prehistóricos encontrados en la zona (hachas de piedra, útiles de sílex y cerámicas).

Más tarde, íberos, celtas, helenos, púnicos y romanos también dejaron su impronta en este territorio. Está constatada la existencia de una población ibérica, que entraría en contacto con fenicios y púnicos, como bien puede deducirse del estudio de los yacimientos del


Cuero del Castillo y del Nacimiento, donde han sido hallados fragmentos de cerámica griega del siglo V a.C. De gran interés es también el yacimiento del Cerro Pelao, que algún historiador lo relaciona con las Torres de Aníbal. Una estatuilla de Deméter, diosa de la agricultura, realizada en terracota, un bajorrelieve con la imagen de un toro (hoy destruido), y, sobre todo, la ‘Dama oferente de Abdalajís’ (siglos III-II a.C), son excelentes muestras del arte ibérico prerromano localizadas en este municipio.

Los trabajos arqueológicos han hecho aflorar datos suficientes como para establecer que en el lugar que actualmente ocupa el pueblo se levantaba la ciudad romana de Nescania, declarada Municipium Flavium en el año 70 d.C., en tiempos de Vespasiano. Además, unos 25 epígrafes hallados en las excavaciones aportan datos sobre la vida social de Nescania en aquella época. Uno de estos epígrafes, dedicado a Júpiter, puede probar en cierto modo la existencia de un templo dedicado a este dios; la Peana –a la que más tarde nos referiremos- está dedicada a Trajano, y otra de las epigrafías hace referencia a Séneca. Algunas fuentes hablan de al menos 15 estatuas ubicadas en Nescania, entre las que cabe destacar las de Séneca, Trajano y un Baco que se encuentra en el Museo Arqueológico Provincial de Málaga.

La invasión por parte de los vándalos en el siglo IV arrasó la ciudad romana y la zona quedó despoblada hasta la llegada de los árabes, a quienes el pueblo le debe su actual nombre, que proviene de Abd-el-Aziz, hijo de Muza, el primer mahometano que se instaló en estos pagos. Es curioso el hecho de que durante el prolongado tiempo de permanencia de los árabes en esta zona (699 años) no surgiera ningún núcleo urbano que aglutinara cierto número de habitantes. La población musulmana vivía dispersa en huertas y cortijos, y la única construcción importante
de aquella época fue el castillo de Hinz-Almara, construido sobre los restos de un poblado ibérico y que formaba parte del cinturón defensivo de Antequera. De esta fortaleza apenas si quedan hoy algunas piedras.

Los orígenes del pueblo actual arrancan en el siglo XVI, cuando, tras las primeras cesiones de terrenos en virtud de los repartimientos inmediatamente posteriores a la conquista cristiana y a la expulsión de los moriscos, las tierras del Valle de Abdalajís van a parar a manos de Alfonso Pérez de Padilla y Corbos, cuyos descendientes gobernaron la villa hasta 1811 (Cortes de Cádiz). Pero la política de los señoríos no sería abolida realmente hasta 1833, fecha en que el último Conde de los Corbos pasa a ser un ciudadano más, aunque con grandes cantidades de tierras en propiedad.